Modelo Vivo 

Ilustración: Yesica Embil

Las dietas, pesarme, ir al médico o comprar ropa, incluso sentarme en una silla desconocida, siempre fueron temores a lo largo de mi vida, el temor cotidiano. 

Mi relación con la comida y las dietas pasó por muchas etapas. Recuerdo mis primeras dietas desde muy chica, yendo al nutricionista desde primer grado (incluso antes). Ya a los seis años la idea de que mi cuerpo estaba mal comenzaba a instalarse, lenta y efectiva en el tiempo. Una anécdota “graciosa” y trágica de cuando nací, es que pasadas unas horas cuando mi papá fue a verme, las enfermeras de la nursery del hospital “¡me confundieron con un varón!”, tan solo por mi talla.

Las observaciones recaían siempre en la necesidad de hacer dieta, en la prohibición, en la sanción. Para los profesionales de la salud, no importaba nada más que cumplir un peso según la tabla del IMC. Nunca se cuestionó el por qué de mi relación con la comida, o de qué manera poder mejorarla. En los encuentros con nutricionistas el reto era algo que indudablemente se presentaba, pero no solo hacia mí, sino también hacia mi madre. La mala madre. 

Hoy puedo comprender cómo la cultura de la dieta es el origen de la gordofobia. Hace veinte años era algo “esperable”, pero todavía se puede ver cómo la gordofobia se presenta en los consultorios, y se expresa de diversas maneras: desde pequeñas agresiones, diagnósticos erróneos y trato desigual. Siento que no logran tomar la salud de manera global, sino más bien como fragmentos incomunicados, donde el único objetivo es el descenso de peso. 

La relación de mis familiares con mi cuerpo, era en parte desde la preocupación y también desde la ignorancia, dos caras de la misma moneda. De alguna forma todes querían que tuviera un peso en el que se me considerara delgada. Tengo un recuerdo muy vívido: tener diez años, estar en la casa de mi tía y que llegara otro tío, y que lo primero que me diga es “¡que gorda estás!” 

Angustiada, lloré escondida detrás de un mueble. Nunca lo conté, tampoco lo olvidé.  

Con los años, pese a mi esfuerzo, el cuerpo gordo seguía estando. Pasé mi pre adolescencia vestida como persona adulta, tomando a modo de protección ser varonil. No ser una presa fácil para los chistes ni las críticas de la escuela (donde es muy recurrente la burla) simplemente elegí camuflarme. Era una nena y ya entendía que “lo mejor” era esconderme. 

En la adolescencia, cuando más sentido de pertenencia necesitaba, todo giraba en torno al peso corporal. Comenzaron las dietas una vez más, pero esta vez necesitaba que sean más efectivas, es decir, mayor descenso de peso. Así llegué a un médico “homeópata” que según mi peso, altura y nuevamente la tabla del IMC, me daba pastillas para lograr ese peso ideal. Eran unos preparados que nunca cuestioné. Consumí algo por meses que generaba en mi organismo la falta de apetito, debía tomarla en distintos horarios y a su vez darme un inyectable para la grasa más resistente. Comencé a contar calorías, evitar salidas porque no tenía hambre y no quería que me vieran tomando esas pastillas. Me daba vergüenza que supieran que necesitaba eso. Una constante era sentirme mal, en esa época estar con náuseas o mareos era lo habitual.

Bajé de peso, pero aún faltaba, siempre faltaba un poco más. No importaba si me sentía débil o si recorría todxs lxs médicxs porque vivía enferma. No importaba si no me encontraba en ese cuerpo. A toda costa debía llegar al objetivo: DEJAR DE SER GORDA. Y lo celebraban, sin importar cómo me sintiera.

En un momento mi cara era solo una sonrisa con muchos dientes, huesos marcados, cuerpo entallado, muchos kilos menos y aun así la tabla del médico indicaba que me faltaba bajar 10 kilos. Eterno camino, y así fue como me rendí. No quería seguir pasándola mal, no quería estar más así. Me sentía vacía, como si algo muy dentro mío me diera señales de que esa no era yo, que no era feliz solo por intentar pertenecer a un grupo, que no iba a ser mejor. Siempre el objetivo se iba a alejar, como un espiral sin final, nunca iba a alcanzar ese ideal. 

Me escuché y entendí que mi cuerpo tal vez tenía que ser gordo, así como los hay flacos, altos o bajos. Cuando atravesé toda esta etapa, me sentía frágil, entrando a la adultez con muchas preguntas e incertidumbres, y no quería sumar un conflicto con mi cuerpo. Durante mucho tiempo estuve convencida de que el peso no me importaba, o al menos eso creía. De alguna forma mi cabeza había anulado sentimientos, sensaciones, y experiencias que me atravesaron con la comida a lo largo del tiempo. 

Con mi personalidad más afianzada, comencé a “creérmela”. Alegre, vivaz, simpática, graciosa, y todos los adjetivos calificativos positivos que desviasen la mirada del otrx de mi peso corporal. Empecé a vestirme con colores, provocativa por momentos, empecé a ser libre. Hoy veo fotos en las que realmente no me veo gorda, y me da tristeza no haber sido del todo honesta conmigo misma y haberme castigado por no tener ese cuerpo ideal. 

Por momentos puedo sonar contradictoria, pero creo que cuando tuve conflicto con mi cuerpo no fue por algo “propio”. Lo fue por el afuera. Y va más allá de un familiar o un insulto en la calle, sino de una sociedad que teme la gordura y glorifica la delgadez.

Cuando comencé a posar fue un momento bisagra en mi vida. Tenía 20 años y estaba en la búsqueda de encontrarle sentido a lo que quería ser y hacer. Diría que al modelaje llegué de casualidad y curiosidad, cuando haciendo un curso de fotografía me encontré unos primeros desnudos en blanco y negro. Me dieron ganas de recrearlos y lo hice. Luego, la persona que me fotografió, me dio a conocer el rol del modelo vivo en el arte, porque había fotografiado a una modelo unos días antes, y nuevamente, lo hice. Desde que posé por primera vez, no deje de hacerlo. Al principio fue un trabajo arduo. Poco a poco fui disfrutando de estas nuevas experiencias, pero sobre todo trabajando y mucho. Lo entiendo como cierta pulsión artística que habitaba en mí y se despertó. 

En ese momento estoy segura que no tenía noción alguna de lo que eso iba a generar en mí y en lxs otrxs. Nunca había tenido alguna relación con el arte, en mi casa no era algo habitual. Ahora lo pienso y lo puedo considerar como un camino de sanación, de mayor consciencia de mi cuerpo. La tarea de observar mis curvas, mis pliegues, mis marcas, hicieron que me reencontrara conmigo, con aquello que por mucho tiempo no aprendí a observar o no quería hacerlo. Entendí que mi cuerpo era único, motor de creación. 

Ya pasaron más de 8 años desde que inicié a posar, y recuerdo que para ese entonces no era muy común encontrar otras corporalidades en los espacios artísticos. Incluso era muy criticada, no podían entender el por qué de mostrarme y  menos aún, de hacerlo desnuda. Con el tiempo muchas de esas personas que en un principio cuestionaban lo que hacía me agradecieron. Supieron comprender la necesidad de visibilizar otras corporalidades, incluso quizás más parecidas a las propias. Empecé a recibir mensajes en torno al camino de aceptación que iniciaban, o comentarios como “¡Qué valiente!”,“¡Qué bueno que no tengas vergüenza!”, “¡Qué bueno que te animes!” ¿Debería esconderme? ¿Es motivo de celebración el gozar mi cuerpo gordo?

Mi relación con el cuerpo tuvo sus inicios turbulentos, y con el arte logré verme de una forma más amable. Comprendí que las personas gordas somos valiosas, merecedoras de respeto, de empatía, de lugares de decisión y elecciones. Comencé a plantearme también la necesidad de que el cuerpx gordx deje de considerarse como algo exótico o desde una mirada fetichista. En cambio, verlo como sujetx de deseo, expansión y de representación de esa diversidad. Romper con ese tabú y naturalizar todas las figuras. Ese cuerpo gordo se convierte en una herramienta de resistencia.

A veces creo que se da una falsa inclusión, donde lo único que se logra es estigmatizar y alejarse realmente del motivo más genuino que es visibilizar y nombrar otrxs cuerpxs. Poder tener mayores representaciones corporales, especialmente de aquelles que son más discriminades y rechazades, y hacerles parte del circuito artístico. Considerar que queremos representar como artistas, elegir qué cuerpos, qué formas, qué contenido en sí mostrar y qué sentido darle. No vale ser neutrales. En la moda se puede ver de manera muy clara esta falsa inclusión cuando las marcas por cuestiones de marketing, visibilizan cuerpos diversos, ya que con el auge del movimiento body positive entendieron la resonancia que generaba en el público consumidor. Pero pese a una mayor visibilidad y con una ley de talles reglamentada, siguen sin producir los talles. 

Queda mucho por recorrer.

Hoy, la relación que tengo con mi cuerpo es más sana y amorosa. Aprendí a habitar mi gordura, entenderla y perdonarla. El cuerpo “perfecto” no asegura nada, esconderse tampoco. Veo la comida de manera más integral, tuve cambios de hábitos y soy más criteriosa a la hora de elegir qué comer, informándome y entendiendo mis necesidades y emociones. Desde entonces no recuerdo haber hecho otra dieta. 

Y acá es donde también tengo que decir que a veces no está todo bien, y está bien. A veces me siento insegura, no me gusta cómo me veo, no quiero vestir algo que me haga sentir incómoda. No me avergüenzo de mi cuerpo, intento vivir siendo responsable conmigo misma y comprensiva. Las imperfecciones y los defectos existen, complejos tenemos todes, la presión social nos atraviesa, no podemos ser ajenos a todo eso que sucede alrededor nuestro, pero sí podemos equiparnos de herramientas para poder comprender el por qué de muchas cosas que nos pasan. 

*Eliana Noelia Cristaldo, @exorquidea, trabaja como modelo vivo, modelo artístico y modelo comercial, estudia Psicopedagogía en la UNLZ.

2 pensamientos en “Modelo Vivo ”

  1. hermoso testimonio Eliana bella!!! admiro tu sinceridad, coraje y valentía! Y repito lo que te dije tantas veces:… sos mi modelo preferida!!!! abrazos

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