Entrevista a Eugenia Tarzibachi

Ilustración: Yesica Embil

Las narrativas sobre nuestros cuerpos arman cuerpo

“Cosa de mujeres. Menstruación, género y poder” (2017) analiza en profundidad la menstruación como un fenómeno que lejos de asimilarse a una experiencia individual y privada es concebida desde su dimensión histórica y cultural. En sus páginas Eugenia Tarzibachi aborda con gran rigurosidad y claridad el proceso de normalización de los cuerpos menstruantes a partir de la inserción y difusión de los productos descartables de gestión menstrual a lo largo del siglo XX. 

En un interesante trabajo de investigación social en donde los cuerpos que menstrúan ocupan un lugar protagónico, la autora nos deja muy claro que han existido y existen diversas formas de menstruar, que la manera de hacerlo es eminentemente política y parte constitutiva de la subjetividad de esos cuerpos.

Límbica: ¿Cuáles‌ ‌fueron‌ ‌los‌ ‌motivos‌ ‌que‌ ‌te‌ ‌llevaron‌ ‌a‌ ‌investigar‌ ‌y‌ ‌escribir‌ ‌sobre‌ ‌menstruación?‌ ‌

Eugenia Tarzibachi: “Cosa de Mujeres. Menstruación, género y poder”, fue el resultado de un trabajo de investigación doctoral y postdoctoral que pude hacer gracias a las becas de CONICET.

Yo estaba trabajando en aquel momento en el Ministerio de Salud de la Nación en lo que era el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, hoy Dirección. Estaba a cargo del área de las provincias, me ocupaba de toda la articulación programática. Fue en la época en que el Estado Nacional incorporó la pastilla hormonal de emergencia a la canasta básica de anticonceptivos, fue una muy linda gestión, muy fuerte. Pero me llamaba poderosamente la atención que había una canasta básica de tecnologías anticonceptivas, se estaba empezando a pensar en la compra de test de embarazo, pero sin embargo la cuestión de la menstruación brillaba por su ausencia. Y en mi experiencia con las consultas ginecológicas de lo único que hablábamos sobre menstruación era la fecha de la última menstruación, eso me llamaba mucho la atención también.

Luego obviamente hay algo más personal de mi experiencia con la menarca en relación con el dicho “hacerse señorita” y con la contradictoria reacción que generaba: celebración por un lado, una sangre que te tornaba mujer, y ocultación, secreto por el otro. Desde muy chiquita me llamó la atención la reacción que hubo en mi familia y en la escuela. Me acuerdo de las charlas de Johnson y Johnson, la vergüenza con la que estábamos las nenas en ese aula donde nos mostraban los productos y al salir teníamos que esconder la bolsita que nos daban con las muestras. La cuestión de la vergüenza ahí presente con mucha fuerza, había que hacer como si no existiera algo que nos pasaba, que no elegíamos que nos ocurra y que tiene que ver con el ser mujer. En mi menarca, a mí me fue muy fuerte ese pasaje simbólico a “tener que ser una mujer”, esto de “hacerse señorita”, yo estaba completamente aniñada todavía, fue muy fuerte para mi eso, y me acuerdo que me escondí en mi habitación y mi papá, que es médico, me vino a felicitar por “haberme hecho señorita” y yo me enojé muchísimo. Creo que ahí hubo una primera cuestión, algún registro precario de niña de esta cuestión de cómo podía ser que a través de la sangre yo me hacía mujer, era algo que no me entraba en la cabeza. Yo no elegía, fue algo que sentí como desempoderante, muy diferente a como lo sentí más adelante a partir de un proceso de deconstrucción. Y después lo que hizo mi mamá conmigo fue explicarme cómo se usaban las toallitas y esta cuestión también de que no me manchara.

En síntesis, venía mi papá y me decía “felicitaciones” pero mi mamá me decía que era esperable que no se note. Los mensajes que recibí de niña, al igual que tantas otras como yo, eran contradictorios. Luego de adulta, cada vez que venía a Estados Unidos a visitar a mi hermana, iba a la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, porque hacía mucho que me dedicaba a investigación en temas de género pero en otros ámbitos. Inquietada por este tema, alrededor del 2007, comencé a hacer un rastreo inicial de estudios culturales sobre la menstruación allí y había poquito pero había. Nadie entendía muy bien lo que quería hacer, fue muy difícil seguir adelante con un tema de vanguardia. En esa búsqueda, en Estados Unidos me encontré con la Sociedad de Estudios sobre Ciclo Menstrual (de la que ahora soy parte de la junta de directores, estas vueltas de la vida). Yo venía de la investigación, pasé a la gestión pública siendo muy joven y sentía que quería provocar discusiones, pero no había vuelo para eso en la gestión pública. Todo era más llano, con muchas iniciativas interesantes, pero no había posibilidad de traccionar un poco más. Entonces empecé a hacer todo mi caminito muy trabajoso para volver a entrar a la Academia porque sentía que la gestión pública me estaba embruteciendo.

Mi primer proyecto de investigación, con el que gané la beca de CONICET, consistía en estudiar la representación del cuerpo femenino en la publicidad, entonces había tomado distintos productos que se hacían cuerpo: los productos dietéticos, los productos para la menstruación y los productos laxantes, me llamaba mucho la atención esta cuestión de cómo los laxantes sólo se dirigían hacia las mujeres. Ahí maravillosamente conocí a quien me ayudó inicialmente con este proyecto, Carlos Skliar. Y luego a quienes fueron mis directoras definitivas, Mónica Szurmuk y Dora Barrancos. No había trabajos de investigación en Argentina en este campo tampoco, y también fue muy duro, no sólo en el Ministerio era muy duro hablar de esto, cuando empecé el Doctorado en Ciencias Sociales también era duro defender el tema en la Academia. No había resonancia. Así que así empecé, fue muy difícil y solitario el trabajo. Ahora es maravilloso lo que está ocurriendo con el tema, porque de alguna forma se lo ha puesto en agenda, pero en los comienzos la verdad que el territorio de trabajo en investigación y en política pública fue inhóspito.

Así fue el comienzo: un poco la experiencia personal de niña resignificada en la adultez y a su vez, el trabajo en un Ministerio que me parecía que tenía que empezar a ampliar cómo se pensaba la salud reproductiva y sexual de las personas.

L: En torno al conocimiento sobre la menstruación, las personas menstruantes solemos saber poco sobre la menstruación, siendo un proceso que vivenciamos durante casi la mitad de nuestras vidas, ¿qué papel crees que juega el saber bio-médico hegemónico en lo que conocemos y en cómo significamos la experiencia de menstruar?

E: El discurso biomédico fue el que monopolizó el saber sobre la menstruación y la industria de cuidado personal femenino (así se autodenomina en realidad) lo que hizo fue traducir ese saber a las mujeres. Siempre en relación con el proceso de fecundación, como lo negativo de ese proceso, como un acto no acontecido: el embarazo. Y al mismo tiempo como potencia, como un cuerpo fértil, es decir, un cuerpo materno en potencia. Eso es lo que básicamente se nos enseñó sobre la menstruación a partir de las décadas del 60 y 70. En ese sentido, durante muchos años el Estado ha dejado vacante ese lugar para hablar de estos temas y, de alguna forma, es una suerte que la industria los haya tomado, aunque sea algo de información recibimos, pero hoy me parece que tenemos que avanzar en contenidos que sean más progresistas.

Las narrativas sobre nuestros cuerpos arman cuerpo también, un cuerpo no es sólo lo real de la biología, sino también cómo significamos esa materia y eso que nos ocurre en la existencia del cuerpo. La verdad es que yo nunca escuché que a mi transmitieran que la menstruación es otro signo vital más en nuestro cuerpo, como puede ser el latido del corazón que te indica que funciona correctamente, o la respiración. Por otro lado, creo que el gran componente cultural del tabú (y la emoción de la vergüenza en torno a la menstruación como un correlato de ese tabú) ha armado un distanciamiento con ese proceso fisiológico. Las tecnologías descartables también abonaron a este sentido, lo que uno se saca de encima rápido, lo que se tira.  Creo que la copa menstrual permite otro vínculo con el reconocimiento de la sangre, con la cantidad, con la textura, la temperatura, etc. Las tecnologías también hacen cuerpo y proponen un modo de significar eso que nos pasa.

Las toallas descartables llegan a Argentina en los ‘60 ‘70, como producto todavía muy caro para los sectores populares y medios, en los ´70 el tampón se plantea como novedad más masivamente. Esto significa que son tecnologías que han revolucionado la gestión del cuerpo de las biomujeres, pero que no tienen tantos años de historia en nuestro país y generaron cierto distanciamiento con ese proceso fisiológico bajo la noción de la “descartabilidad”. A ello se suma la patologización creciente, desde la década del 40, con Katherine Dalton, el ciclo menstrual carga con la noción de “síndrome premenstrual”. Hoy es directamente una patología mental llamada Síndrome Disfórico Premenstrual, categoría de la que soy muy crítica tras haber hecho una revisión exhaustiva de literatura sobre ella. No hay evidencia contundente que indique que las fluctuaciones hormonales generan alteraciones en cuestiones de salud mental. Yo no digo que no haya cambios en el ciclo menstrual, fluctuaciones hormonales que tienen alguna correspondencia en lo que nos pasa, pero de ahí a poder plantearlo como la causante de algunos trastornos de salud mental hay un trecho muy grande y claramente su incorporación en el DSM5 [Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales] está de la mano de los intereses de la industria farmacéutica. Aquí tenemos otro ejemplo de una patologización de un proceso fisiológico normal de nuestro cuerpo. Luego todas las tecnologías, en especial las que han aparecido en el último tiempo, también son interesantes para pensar cómo nos estamos vinculando con la menstruación, por ejemplo, los anticonceptivos que suprimen el sangrado periódico o el revival de productos reusables. En definitiva, nos han educado poco, y todavía creo que queda un largo trecho, pero el tema en Argentina se está poniendo en agenda de una forma muy interesante. También se están cuestionando los contenidos de la Ley de Educación Sexual Integral a los que todavía les faltaba algunas vueltas de tuerca.

Ilustración: Yesica Embil

L: Podríamos decir que actualmente estamos asistiendo a una “salida del closet” de la menstruación. En este marco, ¿cómo ves este proceso de surgimiento y circulación de nuevos discursos que recuperan los saberes tradicionales y que plantean un nuevo vínculo con la menstruación a través de revalorizar la vivencia del menstruar acompañada de productos de gestión menstrual “sustentables”?

E: No estoy de acuerdo con la moda de los productos y no estoy de acuerdo con decirle a las bio-mujeres [y personas menstruantes] qué tienen que usar porque me posiciono desde una perspectiva de promoción de derechos humanos. Me parece que lo importante es poder brindar una gama amplia de tecnologías y poder informar muy bien lo que se sabe en términos de potenciales consecuencias para la salud de cada una. Luego, sobre la promoción que hay de la copa y de los productos no-descartables, entiendo que a algunas personas les parezca que es lo mejor del universo, a mí me parece que es un producto muy interesante por muchísimas cuestiones vinculadas a la salud de las mujeres y también al reconocimiento del cuerpo pero que requieren de una exploración suficiente del propio cuerpo para poder utilizarla. No estoy de acuerdo con que el Estado Nacional, por ejemplo, solamente incorpore copitas, sí en cambio que se incluyan los distintos productos reusables. Por ejemplo, que se ofrezca también la tecnología de las toallitas de tela, porque entiendo que también desde la política de Estado comprar productos descartables es muy costoso. Entonces brindar opciones, porque para usar la copa hay que hacer un recorrido de exploración del cuerpo propio en diferentes planos, estar cómoda con tu cuerpo, y también hay que garantizar cuestiones de higiene que son cruciales para no tener infecciones. No es tan sencillo, no porque un tema se ponga en agenda, la política de Estado tiene que responder de una manera automática, sin evidencia de cómo las biomujeres van a recibir sus potenciales propuestas de políticas. Lo mismo ocurrió con los anticonceptivos de supresión del sangrado periódico: no hubo ninguna investigación sustantiva que yo conozca sobre qué significa la menstruación para las mujeres. Si asumimos la hipótesis de que lo que básicamente significa es la constatación de que no están embarazadas, y para muchas también la menstruación es un sinónimo de feminidad, quitar ese sangrado es en términos culturales muy complejo, y a su vez es una tecnología carísima comparada, por ejemplo, con un DIU de cobre y es igual de inefectivo en la prevención de infecciones de transmisión sexual. Entonces también es un poco cómo se deciden las políticas de Estado, creo que un camino posible en Argentina es desarrollar más fuertemente las políticas basadas en evidencia.

L: Nosotras que venimos del campo de la salud, un campo muy permeado por el saber biomédico hegemónico, nos preguntamos y te queremos preguntar, ¿qué nuevos sentidos o nuevas prácticas crees que pueden continuar aportando los feminismos en la construcción de una mirada integral y no patologizante de la salud menstrual?

E: A mí me parece que hay que empezar desde el campo de la educación, y la educación con algo como las consejerías individuales pero también grupales sobre salud menstrual. Necesitamos poder hablar sobre qué efectos las mujeres sienten que tiene el ciclo menstrual, también mostrarles evidencia para deconstruir(nos) y elegir. En todo el campo de la salud mental me parece que las biomujeres fuimos disciplinadas de una manera en que quedamos alienadas de nuestras necesidades y a veces hasta culpando al propio cuerpo por los malestares que sentimos. Entonces, una estrategia posible es permitirles hablar, permitirles identificar dentro del ciclo menstrual qué es lo que van viviendo, qué es lo que van reconociendo. Me parece que la propuesta de registrar mensualmente el ciclo en función de las distintas fases es muy interesante para que las personas menstruantes puedan empezar a reconocer su cuerpo y qué es lo que pasa las semanas antes de menstruar, ese me parece que puede ser un aporte muy interesante.

Luego, a la menstruación sacarla de la narrativa de que básicamente significa que no estás embarazada, plantearla como signo vital amplía muchísimo el sentido que le estás dando a ese proceso fisiológico. Creo que hay que hablar de la cantidad de sangrado, del dolor menstrual. Por ejemplo, el tema de la endometriosis, una enfermedad tan silente, sobre la cual, al no hablarse de estos temas en las consultas, no se puede hacer buena prevención. Y luego hay un componente que creo tiene que ver con las tecnologías, poder plantear desde los tradicionales productos reusables, que en verdad son muy viejitos pero que ahora están de moda y poder brindar buena información tanto sobre esas tecnologías, como sobre los anticonceptivos y sobre los productos descartables El síndrome de shock tóxico, me parece que también es un tema que todavía está muy poco recorrido en las consultas en el sector de salud.

Con lo cual me parece que todos estos son temas claves para dar vuelta un poco el discurso clásico sobre la menstruación; también creo que tenemos que incorporar la perspectiva de diversidad para incluir a “todas las personas que menstrúan” dentro de la agenda por la justicia menstrual para salir finalmente de la asociación esencialista entre menstruación-feminidad e incorporar a los varones cis. Hay un nivel de desconocimiento muy grande también y mucho prejuicio, mucho estereotipo, en salud mental también, “le está por venir o le vino y está loca”, hay todavía muchas cuestiones por desarmar. Por último, me parece que tenemos que cuidarnos de las modas, promover siempre un pensamiento crítico es vital en el trabajo feminista en torno a la salud menstrual.

* Eugenia Tarzibachi (Buenos Aires, 1979) es psicóloga y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, y especialista en Educación por la Universidad de San Andrés. Es autora de diversos artículos académicos y de difusión masiva con perspectiva de género. También se desempeña como psicóloga clínica, docente y consultora en los ámbitos público y privado. Ganó el Premio Ángeles Durán por la innovación y el avance de la teoría feminista de la Universidad Autónoma de Madrid por su libro “Cosa de Mujeres. Menstruación, género y poder”.

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