Fertilización Humanizada

Ilustración: Sol Soto

Cuando decidimos que queríamos tener unx hijx, nos dejamos de cuidar por uno o dos años. Como no quedaba, decidimos ir a una clínica de fertilidad para saber en qué estado estaban los espermas de Ulises. A los 19 años, él había tenido cáncer de testículo e intuíamos que la cosa venía por ahí. Nos recomendaron a uno de los pioneros en fertilización asistida de Argentina y como la obra social no lo cubría pagamos la consulta. El consultorio quedaba en Almagro, en un edificio que parecía construido para ellos. Todo era nuevo, demasiado blanco, incluso lo recuerdo con polvo de obra, pero eso puede ser mi imaginación. En la entrada, nos recibía un cartel enorme que decía algo de reproducción asistida y deschavaba por completo nuestras intenciones de ser xadres. No fue fácil entrar por esa puerta cuando recién nos estábamos empezando a convencer de la idea.

En la sala de espera había varias parejas. Recuerdo a una mujer muy inquieta, se paraba, se sentaba, iba y venía, ahora supongo que estaría por hacerse una in vitro y estaría con el útero hinchadísimo por la medicación. Por una pantalla pasaban un video con entrevistas a los médicos del lugar y en las paredes había fotos gigantes de luces de colores que parecían espermatozoides yendo a toda velocidad.

El médico era una especie de personaje salido de una serie de ciencia ficción con su pelo blanco impoluto casi estático. Le pudimos consultar todo, fue amable y explicativo. Ulises se llevó unas órdenes para hacerse unos estudios de laboratorio que no dieron bien. Para estar 100% seguros del diagnóstico, podía someterse a una intervención bastante invasiva y riesgosa, pero después de una interconsulta con otro médico, decidió no hacerla porque, sus genes tampoco tenían tan buenos antecedentes y las chances de revertir el resultado eran muy bajas, dijo volviendo en el subte.

Ese verano nos peleamos, nos separamos unos meses, volvimos, nos fuimos de viaje, nos mudamos y poco a poco nos fuimos rearmando como pareja mientras nos preguntábamos qué significa ser xadres, qué nos hace xadres, por qué traer hijxs al mundo, etc.

Una amiga había decidido ser madre soltera y tenía un bebé hermoso. En una fiesta de cumpleaños en un bar, mientras su madre cuidaba a la criatura y nosotras nos pedíamos algo en la barra, me recomendó un banco de espermas. Llamamos, pedimos una entrevista y nos atendió la directora. Fue una reunión de rutina de unos 15 minutos. Nos contó que los donantes tienen que pasar por diferentes etapas, hacer pruebas desde físicas hasta psicológicas y que si abonábamos un adicional teníamos la opción de acceder a un programa en el que a los 18 años, lx niñx podía acceder a la información del donante si quisiera. Lx niñx, nosotros no. Nos resultaba raro que nos cobraran por algo que en Argentina es un derecho (en otros países la identidad de los donantes es anónima), pero sino nos quedaba la vía judicial que es mucho más larga, lenta y pesadillesca, nos dijo. La elección del donante podía ser aleatoria o podíamos elegirlo a partir de una carpeta con información básica en la que aparecían sus rasgos físicos, estudios, hobbies, religión y una foto del donante de cuando era bebé. ¿Quién querría donar espermas?, preguntamos. En su mayoría se trata de jóvenes del interior que vienen a Buenos Aires y el dinero les sirve para seguir estudiando, nos contó.

Unas semanas después volvimos, llenamos una ficha con nuestros datos fenotípicos (color de ojos de cada uno, de pelo, altura, peso) y enviamos un mail con fotos de los dos y de Ulises de bebé y niño. ¿Era relevante que se pareciera a nosotros? Quizás para no tener que estar dando explicaciones todo el tiempo. Finalmente, en marzo de 2019, compramos tres muestras bajo el programa de acceso a la información del donante. La obra social sólo cubría las muestras si hacíamos todo el tratamiento en sus centros en Quilmes o La Plata. No ofrecían oportunidades en Capital y pudimos decidir no complicarnos.

Una amiga de Ulises nos recomendó un médico de una clínica de fertilidad para hacer la inseminación. Con él habían tenido a su hija Ariel. La clínica era un poco caótica, parecía más humana que la anterior y nos gustó. El médico nos cayó simpático, nos parecía alguien con quien podíamos compartir un asado un domingo y creía que minimizaba el procedimiento como una forma de tranquilizarnos. En esa primera consulta le pregunté si además de todos los estudios que me mandaba a hacer (laboratorio hormonal, ecografía, cultivo de flujo, histerosalpinografía -un estudio tan horrible como su nombre-) me podía hacer el de la trombofilia. Me dijo que esa pregunta era “de Revista Para Ti”, que no tenía sentido hacerlo si no había razones médicas. Me reí con un poco de vergüenza. Dijo que si quería me hacía la orden, pero no la consideraba necesaria.

El foco médico entonces se corrió del cuerpo de Ulises para concentrarse en el mío. Los estudios me dieron todos bien salvo el de la tiroides, por encima de 8. Según la endocrinóloga, si no fuera a empezar un tratamiento de fertilidad, no necesitaría medicación, pero ellxs necesitan que mis valores den menos que 3. Así que empecé a tomar la mínima dosis de Levotiroxina todas las mañanas.

En medio de tantos médicos, consulté con una astróloga que me recomendó a una mujer que trabajaba con diferentes sistemas: medicina germánica, biodecodificación, lectura del aura, homeopatía, flores de Bach, no sé qué más. El tratamiento consistía en tocarme ciertos puntos del cuerpo mientras yo estaba tirada en un colchón en el suelo. Para poder hacerlo y “ver” exigía que estuviera vestida con ropa blanca o clara que yo no tenía y prefería quedarme desnuda solo con la bombacha debajo de una sábana. “¡Venís a hacer un tratamiento de fertilidad con una bombacha negra! ¿Cómo te crees que va a funcionar?”, me dijo cuando me vio semidesnuda. Pero lo que ella no entendía era que yo no necesitaba hacer ningún tratamiento de fertilidad porque yo estaba sana, simplemente la consultaba para alinear mi cuerpo y poder recibir lo que viniera de la mejor manera posible. Su intervención me transformó en una persona enferma, había puesto el foco en la falta, en alguien que no puede. Lo único lindo y mágico que me dijo fue que veía un pomponcito que quería anidarse en mí, y que era una nena. Pero lo malo era que yo estaba tan reactiva y ácida, que por más que me inyectaran litros de semen no iba a quedar porque era un “espermicida andante”. Me dio una batería de globulitos homeopáticos, flores y otras cosas para alcalinizarme. Le creí y seguí sus consejos al pie de la letra.

Fui con mi listita a un almacén orgánico chino. La señora me preguntó para qué quería tantas cosas y le respondí que era para quedar embarazada. Ah, no te tenés que preocupar, me dijo. Yo quedé embarazada cuando me anoté en un curso de repostería y dejé de pensar en eso.

Pasaban los meses, Ulises y yo estábamos con mucho trabajo, ese año además lo iban a operar a mi papá del corazón. Yo me empezaba a poner ansiosa y sentía que Ulises todavía no conectaba con la idea, hasta que finalmente, el panorama se despejó en septiembre. Cuando empecé a menstruar llamé al centro de fertilidad para que me dieran turno para hacerme una ecografía que determinaría cuándo podía empezar a tomar las pastillas que estimularan mi ovario y generara los mejores óvulos posibles para la inseminación. La idea era tomar unas bombas hormonales en comprimidos por una semana y luego ponerme unas inyecciones que convirtieran mi ovario en un relojito para determinar el mejor momento para hacer la inseminación. Ese es el protocolo que se sigue con todas las mujeres cis que buscan un bebé a través de un “método de baja complejidad”, sin importar el caso particular.

Esa mañana estaba bastante nerviosa, pero entregada a la situación, pese a que no me cerrara del todo la medicación. Cada vez que le preguntaba al médico por qué tenía que estimular mis ovarios si los estudios me habían dado bien y yo era regular, me hablaba de que así podía tener mayores chances y como cada intervención se pagaba aparte no se justificaba. Ulises se quedó esperándome en el consultorio y yo fui a hacerme la ecografía con el médico. En la pantalla apareció “un quiste” que me tenía que sacar porque si era maligno y yo empezaba a tomar las hormonas que me iban a dar, podía matarme, me dijo directamente. De vuelta en el consultorio, el médico me dijo que si quería hiciera interconsulta y que mientras tanto me agendaba la cirugía para no perder tiempo. Me pidió nuevamente mi nombre para anotarme porque se lo había olvidado. Su mensaje fue: “Esto puede ser maligno y hay que sacarlo antes de proceder”. Me mandó a hacer los prequirúrgicos que consistían en un laboratorio y otra ecografía, un poco más compleja. Yo, que había ido a buscar unx hijx, me encontré con la posibilidad de un cáncer. Estaba devastada.

La semana siguiente me hice la ecografía. El ecógrafo me preguntó por qué me la hacía y le dije porque estaba por empezar un tratamiento de fertilidad y me tenía que operar de un quiste. Ni bien vio el interior de mi útero dijo “esto no es quirúrgico” y escribió uno de los informes médicos más largos que leí en mi, por suerte, corta historia clínica.

Cuando salí y le dije a Ulises que el ecógrafo había dicho que no era quirúrgico, me dijo: “Ah, entonces quizá no te tengas que operar”. Yo estaba tan tomada por lo que me había dicho el médico que ni se me había ocurrido pensar que no operarme fuera una posibilidad. ¿Por qué el médico me dijo con tanta certeza algo que podía ser revocable?

Le mandé al médico por mail la ecografía y me respondió el médico junior que lo asistía diciendo que estaba todo perfecto, y que cuando me indispusiera pasara por el consultorio para empezar con el tratamiento. ¿Entonces no me tienen que operar? El médico junior me dijo que no. Les pedí que me devolvieran el dinero y cancelaran la operación. Su jefe nunca respondió. Unas semanas más tarde, me escribió una secretaria para saber si ya me había hecho los prequirúrgicos. Ni siquiera le habían avisado a la administración que la operación se cancelaba.

Decidimos entonces hacer una interconsulta con mi ginecólogo de toda la vida que me atiende desde que menstrúo y conoce a mi mamá desde que está embarazada de mí. Antes de abrir el sobre con la ecografía, nos habló de cómo se vino abajo el sistema de salud y cómo estaban lucrando con la salud de las mujeres. Después miró el estudio y me dijo que el famoso “quiste” era uno de esos folículos que vienen y se van con la menstruación. Que me quedara tranquila y que él no me recomendaba bajo ningún punto de vista intervenir quirúrgicamente un útero sano de una mujer en edad reproductiva. Y si quería, él podía hacer la inseminación. Empezaríamos sin estimulación de ningún tipo y si veíamos que no funcionaba ahí sí tomaba las pastillas. Solo tenía que llevar una cánula de Friedman y una jeringa de 20 centímetros. Lo único que teníamos que determinar era cuándo estaba ovulando. Para eso, necesitaba que me tomara la temperatura del útero poniéndome un termómetro en el ano todas las mañanas. Si daba 37 o más significaba que estaba ovulando. Cuando salimos, Ulises me dijo: “Tenés otra cara”. Era verdad, había recuperado el poder sobre mi cuerpo.

Yo estaba tan sugestionada que la temperatura me daba 37 todo el mes. Probé con un termómetro digital, con uno clásico de mercurio, daba igual. El método del termómetro no me funcionaba. El día 20 de mi ciclo fui a hacer una ecografía para ver si efectivamente ya había ovulado. Era viernes y la ecografa me dijo que había un folículo del lado izquierdo que era probable que se desprendiera pronto y si quería hacer la inseminación era el momento. ¿Pero cómo, yo no había ovulado aún? Le envié la ecografía a mi ginecólogo, me dijo que fuera el lunes. ¡Arrancábamos!

El lunes al mediodía, de camino compramos la cánula y la jeringa y fuimos a buscar la muestra. Nos la dieron en un tubito adentro de un sobre en temperatura ambiente. Era de color pomelo rosado. Podía ser jugo Tang tranquilamente, pero confiamos. La saqué para que conociera un poco Buenos Aires y después me la puse en el pecho para que tomara mi temperatura, como había sugerido mi ginecólogo. Pasamos al consultorio, me puse el camisolín y me acosté en la camilla con las piernas en los estribos. Ulises me agarró de la mano mientras el ginecólogo hacía el procedimiento. El médico me contaba lo que iba haciendo, me tranquilizaba. Fueron apenas 15 minutos y sentí una leve presión en el útero. Ya está, me dijo. Me quedé un rato acostada mientras lavaba los instrumentos. Después me incorporé, me cambié, charlamos un rato y nos hizo unos dibujos graficando lo que había sucedido. Me dijo que fuera a casa a descansar y me quedara recostada. Había sido un momento amoroso y estaba contenta. Pero al mismo tiempo me daba un poco de impresión tener adentro el esperma de un desconocido. Rápidamente me tomó la idea de que la xaternidad, pasara lo que pasara, era un viaje de ida y me asusté.

Esa primera vez no quedé embarazada y si bien no esperaba tener tanta suerte, me entristecí. A la semana fuimos con una amiga al Encuentro Nacional de Mujeres en La Plata. Todas recordarán el frío, la lluvia y sororidad de esos días. Participamos de un taller de fertilidad y volví muy conmovida tras escuchar las situaciones que habían tenido que atravesar las mujeres para ser madres cuando se cruzaban con médicos de un sistema deshumanizado. Pero también fue lindo compartir experiencias. Algunas contaban que su donante era un amigo que vivía en el exterior y otras me preguntaban si me iba a gastar “todos los tiros de una”, es decir, si iba a usar las tres muestras que había comprado de una sola vez, algo que no se me había cruzado por la cabeza.

A los días me hice una nueva ecografía para ver cómo venía mi ovulación con una ecógrafa recomendada por mi ginecólogo. Me dijo que no tenía ningún quiste de nada y “qué hermoso tu útero, mirá qué belleza”.

Una amiga me había recomendado que comprara un test de ovulación en la farmacia. Ella había quedado embarazada así y consideraba que era un método infalible, así que le hice caso. Ya sabía que ovulaba alrededor del día 20, entonces el día 15 empecé a hacer pis en el aparatito. Había empezado el verano y con Ulises nos fuimos a pasar el fin de semana a la quinta de sus viejxs. Me llevé el test de ovulación y la cánula y la jeringa por si llegaba a dar positivo. Esa mañana hice pis y en el visor salió carita feliz. ¡Estaba ovulando! Trabajamos un rato en la compu, almorzamos y salimos al consultorio.

Mismo procedimiento. Pasamos a buscar la muestra y la paseamos por Buenos Aires. Llegamos en sandalias y un poco despeinados. Me subí a la camilla y fue todo más corto y menos doloroso incluso que la vez anterior. Igual de amoroso. Ulises sosteniéndome la mano, dándome besos, el médico explicándome todo. Al volver a casa, percibí que Sombritas, una de nuestras gatas, me miró raro. Me fui a tirar al sillón y me dormí profundamente. Cuando desperté, sentí que probablemente ya nada fuera igual.

Diez días después, viajé a Chile por trabajo. Los pacos atacaban al pueblo que se manifestaba en las calles. Sentía que me estaba por venir todo el tiempo. Iba al baño y nada, pero no me quería ilusionar. Comí sushi, tomé vino, poco por las dudas, y me divertí mucho.

Llegué a Buenos Aires un lunes y le pedí a Ulises que fuera a comprar un evatest porque si el martes me levantaba sin menstruar, hacíamos la prueba. Esa mañana, amanecí temprano. Ulises dormía así que lo desperté. “Voy a hacer el test”, le dije. Hice pis sobre el aparatito, lo dejé en el baño y volví a la cama. Ulises se levantó, fue al baño y le dije que que se fijara cuántas rayitas tenía la tira. “Una”, gritó. “A ver, traela”, le dije. Efectivamente había una rayita muy marcada y otra que se estaba empezando a notar.

-Acá hay dos rayitas. Esta antes no estaba.

-No, no puede ser. Está muy borrosa, tienen que estar las dos muy fuerte, sigamos durmiendo.

-No, esperá.

Nos desvelamos. Esperamos un rato y la rayita tímida empezaba a marcarse cada vez más. Desayunamos y fui a comprar un evatest de “lectura fácil”. Hice pis sobre el aparato tres horas después y ni bien terminé, en el visor se marcó un signo + gigante. Ulises me esperaba sentado al borde de la cama y se lo mostré.

-¿Dudas?

Nos tiramos en la cama y nos fundimos en un largo abrazo.

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*Agradezco a Débora Tajer por haber dado el nombre “Fertilización Humanizada” a mi experiencia.

Nota de las editoras: “Luz M.” es Lic. en letras, editora y escritora. El relato de su experiencia se publica bajo seudónimo por voluntad de la autora.

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