Autogestión menstrual

Ilustración: Sol Soto

Esta búsqueda empieza cuando siento el mundo estallar por el aire.

Cuando por primera vez siento un miedo aterrador, un miedo que no me deja pensar, que no puedo sacarme de encima ni por un ratito.

En marzo fui al control ginecológico como todos los años: pap, colpo y órdenes para mis ecografías de rutina. Mientras estaba acostada todavía con las piernas abiertas, la ginecóloga me dijo: “Hay un pólipo, no es nada, pero habría que sacarlo para evitar futuras molestias”. Dicho eso, me vestí y me senté en su escritorio. Ella anotó en un papel (ese en el que lxs médicxs escriben sus recetas) el teléfono de un “excelente cirujano y ginecólogo” al que yo tendría que llamar para realizarme la operación de extracción.

Me fui tranquila, nada resultaba ser motivo de preocupación, así que a la semana siguiente estaba acordando con ese médico la fecha, hora y lugar de la intervención. La cirugía salió como esperábamos. Todo parecía estar bajo control.

Al tiempo, en mayo, fui a buscar la biopsia de ese pólipo que ya no estaba en mi cuerpo. Si bien desconocía la mayoría de las palabras que aparecían en el informe, sabía que algo no estaba bien. Me acuerdo que me senté en un banco del parque Las Heras y lloré, pensé en googlear esas palabras, pero conociéndome sabía que iba a ser un error. A la hora ya estaba llamando al doctor para decirle que tenía el resultado y que estaba asustada. Era viernes, me dijo que vaya el martes. No sé qué le respondí, pero a los veinte minutos estaba en la sala de espera de su consultorio.

Miró en silencio el papel, que a esa altura estaba bastante arrugado y mal doblado. Para mí pasaron horas hasta que habló: “No llores. No es grave. Lo agarramos a tiempo, ¿Vos pensás tener más hijos?”

No dije nada, lloré y me tembló todo el cuerpo. Cuando me calmé un poco, me dijo que había un HPV de alto grado y que había que cortarme una parte del cuello del útero cuanto antes. Además, me dijo que él no podía asegurarme que si mi deseo fuese ser madre otra vez, no hubiera algún tipo de complicación. Con reposo y un embarazo sin grandes esfuerzos, suponía que todo estaría bien. Era mucha información toda junta para mi cabeza ¿de qué más hijxs me hablaba este hombre? ¿tenía que saber a mis 34 años si quería o no volver a ser madre? ¿tenía que decírselo a él en ese momento?

Hizo dibujos y me mostró cuantos centímetros me iba cortar. Sacó una regla y me dijo: “Mirá, esto son 3 centímetros” mientras con sus dedos marcaba el tamaño. También me dijo que teníamos que poner la fecha para la operación en ese momento, así no se complicaba el cuadro y lo resolvíamos cuanto antes. En esa confusión en la que de golpe me enteraba que tenían que sacarme una parte de mi cuerpo (tres centímetros, nada, según el doctor) sentía que ese cuerpo, este cuerpo, enfermo ahora no me pertenecía. No podía tomar ninguna decisión sobre él, tenía que confiar en un hombre que tenía a sus espaldas un montón de cuadritos que mostraban todo lo que había estudiado para que yo no enfermara.

Recuerdo la sensación, sentía que tenía la cabeza abajo del agua y cada vez me faltaba más el aire. Así que con el último cachito de oxígeno le di la razón y acordamos la operación para los próximos días.

Cuando llegué a mi casa sentí miedo. Sabía que después de la operación iban a tener que volver a hacer la biopsia para confirmar que no haya más tejido dañado. El miedo a la muerte fue una constante los días que siguieron. Para el lunes siguiente todas mis amigas y personas más cercanas estaban al tanto de la situación pasándome teléfonos de ginecólogas, biodecodificadoras y terapias que nunca jamás había escuchado.

Ese mismo lunes mientras iba a trabajar le mandé un mensaje al cirujano (con una mezcla de miedo y culpa) diciéndole que no me iba a operar tan rápido. Había decidido de alguna manera apropiarme de mi cuerpo y agotar todas las instancias posibles para evitar la cirugía. Un pibe con el que estaba saliendo tenía una hermana que era personal de salud en un hospital y me recomendó un equipo de ginecología para hacer otra consulta. Empecé así con sesiones de biodecodificación, tratamientos homeopáticos y un equipo de ginecólogas que se puso al hombro mi caso y comenzó a repetir uno a uno los estudios para evaluar si la operación era realmente necesaria. Al poco tiempo me dejaron muy en claro que la cirugía era la última alternativa, todas coincidían que el diagnóstico del médico era un error. La lesión del HPV de alto grado estaba en el pólipo que sacaron en marzo y no en mi cérvix.

A partir de ese momento pasaron dos cosas: por un lado controles cada seis meses, que me siguen haciendo llorar de miedo, y por otro el deseo urgente de hacerme cargo de mi cuerpo y empezar a escucharlo.

Pensar que si no fuese por mi red de amigas y personas cercanas mi cuerpo podría haber terminado con 3 centímetros menos, me aterra. Fue esa red la que me mostró la posibilidad de dudar del diagnóstico, y buscar por otros caminos. La idea de lo que podría haberle hecho a mi cuerpo porque a “un doctor” le pareció que era la única solución a “mi problema” me angustió bastante tiempo (cada vez que lo pienso y ahora que lo escribo vuelvo a sentir lo mismo).

En este ir y venir de “que hubiese pasado si…” empecé a leer y a seguir páginas de mujeres que comparten información acerca del cuidado y de la autogestión de la salud. Así llegué al libro “Curanderas, (curanderxs)” de Anabela Musante. A medida que lo iba leyendo mi cabeza se partía en mil pedazos, se presentaba ante mí la posibilidad de pensar mi cuerpo y mi útero desde un lugar completamente diferente. Se abrió una puerta en la que menstruar podía ser un momento de encuentro conmigo. El HPV no era más sinónimo de muerte, sino la posibilidad de empezar a escucharme y darle lugar a lo que necesito: desde alimentos, vínculos, plantas, etc.

Me anoté en un curso de “Autogestión de la salud menstrual” y durante cuatro meses nos reunimos de manera virtual un montón de mujeres a escucharnos, aprender sobre nuestro cuerpo, nuestras fases cíclicas y sus desequilibrios, conocer plantas que nos sirven de apoyo y la importancia del placer en nuestras vidas.

En los talleres aprendí a registrar la información que me da el cuerpo y mi ciclo. Estábamos ya en plena cuarentena por la pandemia de COVID-19 y hacerlo durante esa época favoreció también esa posibilidad de observación, de tiempo disponible para la tarea. De a poco fui cambiando los ibuprofenos por tintura madre de manzanilla y orégano; cambié las toallitas industriales por otras de tela; e inicié el ejercicio de escribir cada día del ciclo lo que me permitió identificar ciertas regularidades a lo largo del tiempo.

¿Cómo veía yo mi sangre menstrual? ¿Cómo me relacionaba con mis fases? Me encontré observando mi sangre libre de prejuicios, sin rechazo. Aprendiendo que el color y la textura hablan de la salud de mi propio cuerpo. Aprendí, por ejemplo, a darme cuenta a través de mi flujo en qué momento estoy ovulando.

Fueron casi veinte años en los que menstruar era algo incómodo, algo que sentía entorpecía mi cotidianidad. En estos últimos meses comencé a, por lo menos, dedicarme los dos primeros días a ir más lento, a mimarme, cocinar rico y poner límites sanos. A alivianar cierta sensación de culpa respecto al nivel de productividad que se espera de nosotras socialmente. No tenemos todos los días la misma energía, las mismas posibilidades de producir, las mismas ganas de. Hay días que necesito estar para adentro, bajar un cambio. Creo que ese espacio colaboró en aprender a decir y decirme “hoy no puedo”. Claro que no siempre se puede no poder, pero al menos puedo registrar mi deseo, intentando ser más amorosa con mi cuerpo y mis tiempos.

Mirando para atrás, algunas cosas cambiaron en dos años. Quizás el miedo, ese miedo que me sorprendió un día cualquiera, se convirtió en un motor para encontrarme.

El miedo se transformó en posibilidad. Posibilidad de aprender, buscar e investigar para empezar a hacerme cargo del cuidado de mi cuerpo y mi salud

*Ana Sol Visuara es feminista y docente (ISFD Nº1)

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